
Piensa positivo. Borra las lágrimas de tu rostro. Reprime el deseo de golpear al primero que te encuentres. No grites, es de mala educación. La tristeza es para perdedores. Los negativos no triunfan en la vida. Sé un luchador incansable con sonrisa de comercial. No vayas a tener los dientes manchados, algún día podrías salir en la televisión o en un vídeo viral. Luce tu felicidad, compártela y si no la tienes más vale que te la vayas inventando. Responde siempre que estás bien, que estás dando el cien, que te diviertes de puta madre, que estás trabajando duro, aunque te sepas un huevón consumido, aunque tu trabajo te provoque náuseas, aunque tus amigos te aburran y aunque hayas considerado que morirte no es la peor de las soluciones. Abraza tu miseria, vive al día, tatúate el carpe diem, explora el presente, no te atrevas a revisar el pasado o a vislumbrar el futuro, lo de hoy es sacarle jugo al minuto, a la hora, a la jornada. Nunca digas en voz alta que todo se ha ido a la mierda, que tus sueños se han estampado contra el muro de contención, que te has convertido en tus padres. Usa frases trilladas, resana los huecos de la conversación de las miles de charlas inofensivas que tienes a la semana, con pastiches de libros de superación personal. Si lo deseas muy fuerte, obtendrás todo lo que quieres, al menos eso promete la literatura de cafetería. Tienes que pensar que esto es cierto, pensar positivo, porque sino vas acabar dándote un tiro en una sucia habitación de película sin presupuesto y, créeme, no quieres que estos se vuelvan tus quince minutos de fama.





