sábado 14 de febrero de 2009

Piensa positivo


Piensa positivo. Borra las lágrimas de tu rostro. Reprime el deseo de golpear al primero que te encuentres. No grites, es de mala educación. La tristeza es para perdedores. Los negativos no triunfan en la vida. Sé un luchador incansable con sonrisa de comercial. No vayas a tener los dientes manchados, algún día podrías salir en la televisión o en un vídeo viral. Luce tu felicidad, compártela y si no la tienes más vale que te la vayas inventando. Responde siempre que estás bien, que estás dando el cien, que te diviertes de puta madre, que estás trabajando duro, aunque te sepas un huevón consumido, aunque tu trabajo te provoque náuseas, aunque tus amigos te aburran y aunque hayas considerado que morirte no es la peor de las soluciones. Abraza tu miseria, vive al día, tatúate el carpe diem, explora el presente, no te atrevas a revisar el pasado o a vislumbrar el futuro, lo de hoy es sacarle jugo al minuto, a la hora, a la jornada. Nunca digas en voz alta que todo se ha ido a la mierda, que tus sueños se han estampado contra el muro de contención, que te has convertido en tus padres. Usa frases trilladas, resana los huecos de la conversación de las miles de charlas inofensivas que tienes a la semana, con pastiches de libros de superación personal. Si lo deseas muy fuerte, obtendrás todo lo que quieres, al menos eso promete la literatura de cafetería. Tienes que pensar que esto es cierto, pensar positivo, porque sino vas acabar dándote un tiro en una sucia habitación de película sin presupuesto y, créeme, no quieres que estos se vuelvan tus quince minutos de fama.

viernes 13 de febrero de 2009

Despedida


La reja abre sobre un cuadro de arena. Los días de viento se forman remolinos y el polvo se cuela por debajo de la ventanas, los domingos juegan fútbol y los gritos penetran las recámaras. Vine a cerrar esta casa que ya no pertenece a nadie pero que era de mi abuela.
Recorro la cocina y palpo los mosaicos azules, las cazuelas de barro y las cajas apiladas a la espera de su nuevo dueño. Cerca del comedor, las botellas a medias recuerdan uno de los vicios de esta señora que para mí siempre tuvo el pelo blanco y la palabra ácida.
No la conocí bien. Convivimos cuando ella perdía la memoria y yo atravesaba una de las peores depresiones de mi adolescencia. Lo que sé de ella me lo ha contado mi mamá, empeñada en convencerme lo mucho que me parecía a mi abuela, desde el carácter hasta ciertas facciones del rostro. En mi memoria la abuela salta de un amor imposible a otro, viaja en tren para ver a su amante casado, baila en el Cotton Club al ritmo del jazz y asiste a fiestas donde el alcohol se prepara en tinas. Encarna los años veinte, la mujer liberada, la eterna romántica.
A los lados de la escalera y por doquier en el segundo piso, se esparcen libros en español, en inglés y en su italiano natal. Mujer de mundo, lectora incansable, la abuela leyó y fumó hasta agotar su existencia, hasta que sus pulmones se colapsaron de humo y fatiga.
Subo los peldaños y escucho un ruido. No hay nadie en casa, la sirvienta no debe pasar hasta mañana, pero me alcanza este sonido al que llegamos a acostumbrarnos como a los ataques de ira de la abuela. Es el aliento del respirador artificial, de la bomba y la máscara que se colocaba la abuela entre cigarrillos blancos.
En los últimos días, cuando su voz desapareció, era el único sonido que emitía. Su cuerpo se había detenido y su mente, antes tan afilada, se había apagado, desconectado por pausas hasta volverse inexistente.
Pienso en las historias que me inventaba de pequeña, en la maleta que me proponía llenar de objetos imaginarios para viajar luego a cualquier parte. No me parezco a ella tanto como quisiera, pero al escuchar el ruido que me ha asustado y ahora desvanece, quiero prometerme recordarla y morir como ella, entre libros y con el orgullo de una soledad ganada a golpes de amores imposibles.

sábado 7 de febrero de 2009

Sobremesa


Es una casa larga en forma de ele. Los cuartos se reparten, simétricos, a los lados del único pasillo. Cada habitación tapizada con telas naranjas, rojas o crema. Todo, incluyendo los muebles, huele a década pasada, a una época remota de tiempos tristes, a nostalgia rancia.

Sin embargo, esta casa es su primer hogar, quizá el único. Se ha encariñado con el gran sofá de la sala, sus cojines anchos se levantan y con ellos construye casas, puentes, refugios. Hay un viejo futbolito y una mesa larga sobre la cual comen los sábados que papá regresa de la ciudad.

Si le dieran a escoger, ella comería siempre en la cocina. Las cosas están más cerca en la cocina. Cuando se trasladan al comedor, la vida se congela sobre la mesa. Se instala una felicidad forzada, una parodia de la felicidad, una comedia vana. Hay algo terrible cuando uno se esfuerza de más.

Los sábados su madre cocina, lo que no hace casi nunca. Elabora platillos sofisticados y sonríe, lo que hace rara vez. Sirve y sigue sirviendo, habla y sigue hablando como si con sus palabras pudiera llenar el vacío. Se teje una conversación cordial, interesante, una cita entre desconocidos inteligentes. Los temas personales quedan fuera. Se discuten las elecciones, la historia, las dos guerras. Le parece bien, le parece sano y le gusta participar, dar su opinión y fingir que sabe de lo que se está hablando desde la altura de sus diez años.

De pronto se escucha un grito. Su hermana llama desde la recámara y su madre se levanta sin decir nada, corre al otro lado de la casa. Se quedan su papá y ella en la mesa. No tienen nada que decirse. Intercambian algunos comentarios, el silencio cae. Los ojos azules de él están apagados, se pierden en la ventana del jardín. Entre ellos, en suspenso, crece la distancia.

Luego terminan y ella deja los platos apilados sobre la tarja. El sol entre por la ventana, ella contempla la hierba que crece sin cuidado. El sábado se evapora, con lentitud, con pesar, como su infancia.

lunes 2 de febrero de 2009

No te calles ahora


Mientes tan bien que no quiero contradecirte. Dame falsas esperanzas. Quiero que me sigas llenando de equívocos, quiero que me crezcas estas alas que tanto placer tienes en quebrar. No me vengas con verdades, son siempre tan crudas, duelen en su banalidad, con su sabor a limón sobre herida. Quiero que tus mentiras se mezclen con mi sangre hasta volverse dogmas para cuestionarlas luego, en soledad, y rasgarme a cuenta gotas.

Dime una vez más que me quieres, que me adoras; pon en marcha los engranes del engaño, el preciso mecanismo con el cual nos encontramos sin hallarnos nunca. No bajes tu copa, tu voz de desliza, tus palabras empalagan, son mis horas más dulces cuando te escucho hablarme y pensarme con otra en la memoria. No rompas el delicado equilibrio de la seducción, mi embustero, no te calles ahora cuando te deseo profeta y necesito creerte.

martes 20 de enero de 2009

Primer beso


Se amaron en una plaza sin nombre.

Se habían encontrado en una edad frontera, al borde de la infancia, cuando todavía no se tiene miedo a nada. Se besaron sin vergüenza, una y otra vez, con ganas de borrarse los labios, con sed de barbarie. Se olvidaron en la distancia, dejando de puntillas la niñez como quien cierra la puerta sobre una habitación en silencio.

Se recuerdan en los ocasos de invierno y callan sus memorias, los preciados tesoros del tiempo perdido.

jueves 15 de enero de 2009

En otro lado


Este mes pueden leerme en la edición de enero de Hermano Cerdo.

Un cuento largo aquí y una traducción allá. Poco a poco, vamos avanzando.

lunes 12 de enero de 2009

Oráculo


Prisma es tu nombre, mujer de las mil caras. Me dijeron que te encontraría antes de haberte soñado. Me confesó la bruja que me leyó la suerte que ella también te había invocado, en vano porque te quedaste muda, pero yo no tenía miedo a tu silencio, tenía miedo a tus respuestas.

Y fui a pararme sobre el quinto pilar, la columna rota en las ruinas de Paestum, entre la hierba que todo lo recubre, y dije las palabras, en orden y despacio, para que vinieras a mí. Con la tormenta llegaste, envuelta en nubes y truenos, y contestaste mi pregunta con una sola palabra, en un susurro.

No tuve que jurarte que no revelaría el secreto. Sé que el día que lo haga será el último de mi vida y hoy, que amaneció nublado, se antoja un buen día para morir.